El hombre que contaba los cromosomas: el avance en fertilización de Edouard van Beneden

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Edouard van Beneden no se limitó a estudiar la vida. Lo contó.

Nacido en Lovaina, Bélgica, en 1846, vivió un siglo de agitación biológica. Cuando murió en Lieja en 1910, dejó un legado que redefinió cómo entendemos la reproducción. No era sólo un embriólogo. Era un citólogo que vio algo que otros pasaron por alto: la rígida aritmética del núcleo celular.

Su educación temprana se produjo esencialmente en la mesa de la cocina. Su padre, P.J. van Beneden, era profesor de zoología en la Universidad Católica de Lovaina. El padre de Van Beneden pasaba sus días mirando microscopios, catalogando protozoos y nematodos. El joven Edouard tomó ese microscopio y apuntó a las diciémidas. Estos organismos parecidos a gusanos eran extraños. Produjeron dos tipos distintos de embriones. Edouard siguió su desarrollo, sentando las bases que eventualmente lo alejarían de la simple taxonomía y lo acercarían a la mecánica de la herencia.

En 1870, había conseguido un puesto docente en la Universidad de Lieja. Su atención se centró en la morfología comparada. No sólo estaba dibujando formas. Estaba probando teorías. Específicamente, estaba mirando tunicados, criaturas marinas que parecen sacos modestos pero que en realidad son cordados. El zoólogo ruso Aleksandr O. Kovalevsky había propuesto este controvertido vínculo. Van Beneden lo demostró. Lo hizo diseccionando la segmentación del embrión, demostrando que los tunicados compartían un linaje filogenético con otros animales de una manera innegable.

Pero la verdadera revolución ocurrió más tarde.

En 1883, Van Beneden centró su atención en Ascaris megalocephala. Es un gusano intestinal que se encuentra en los caballos. Bastante común. Aburrido para la mayoría. Para Van Beneden, fue la clave.

Publicó una serie de artículos que se convertirían en textos fundamentales para cualquiera que estudie la fertilización y los números de cromosomas. Sus hallazgos fueron simples, pero rompieron la confusión predominante sobre cómo comienza la vida.

Observó que la fertilización no es una mezcla de fluidos. Es una unión de núcleos. Dos medios núcleos. Un macho, nacido del esperma. Una hembra, sentada en el huevo. Cada uno lleva sólo la mitad del recuento de cromosomas que se encuentra en las células del cuerpo de esa especie. Cuando se unen, obtienes un celular con el número completo. Se restablece un estado diploide.

Esta no era una teoría abstracta. Lo demostró con una subespecie específica del gusano de los caballos: Ascaris megalocephala univalens.

Esta subespecie tiene sólo dos cromosomas en las células de su cuerpo. Dos.

Observar cómo se comportaban estas dos entidades distintas durante la división celular le permitió a Van Beneden verlos como individuos. No eran sólo manchas de material genético. Eran unidades discretas. Demostró que el número de cromosomas es constante para cada célula del cuerpo de una especie. No fluctúa. No se desvía. Queda fijo.

Esta constancia era la pieza que faltaba.

Antes de Van Beneden, el mecanismo de la herencia era una caja negra. La gente conocía los rasgos transmitidos de generación en generación. No sabían cómo. Su trabajo con el gusano de los caballos proporcionó los detalles concretos. Demostró que la “mitad” aportada por