Shakespeare, la naturaleza y el círculo de la vida: lecciones de Hamnet

7

La nueva película Hamnet, adaptada de la aclamada novela de Maggie O’Farrell, ilustra poderosamente una conexión entre la humanidad y el mundo natural que resuena profundamente con la obra del propio William Shakespeare. Si bien la película presenta un retrato visceral a través de Agnes, la madre del hijo de Shakespeare, Hamnet, quien es representada profundamente entrelazada con los bosques y los remedios herbales, este no es un concepto nuevo. Shakespeare era muy consciente de que los humanos eran parte de un ciclo natural ineludible, no separados de él.

La lógica brutal de Hamlet

Considere la infame escena del sepulturero en Hamlet. La escalofriante respuesta del príncipe a la pregunta del rey sobre Polonio: “No dónde come, sino dónde es comido”, subraya una verdad biológica despiadada. Shakespeare no rehuye la cadena alimentaria; de hecho, lo destaca con absoluta claridad: consumimos otras criaturas para sustentarnos a nosotros mismos, sólo para convertirnos a su vez en sustento para otros.

Esto no es mera fascinación morbosa. Es un reconocimiento fundamental de la mortalidad y la interconexión de toda la vida. Como dice Shakespeare, incluso el cadáver de un rey puede alimentar a los gusanos, que a su vez alimentan a los peces, que luego pueden ser comidos por los humanos. La implicación es ineludible: todos somos parte de este ciclo, depredador y presa.

Hamnet como Eco

El autor Rowan Hooper señala que O’Farrell y la directora Chloe Zhao parecen estar reciclando la esencia del niño muerto en el Hamlet ficticio. Esto no es un accidente: la obra de Shakespeare regresa constantemente a esta verdad ineludible. Hamnet no es sólo una tragedia; es un recordatorio brutal de que incluso en el dolor, seguimos sujetos a las mismas leyes que rigen a todas las demás criaturas de la Tierra.

La película, y la obra de Shakespeare en general, nos obligan a confrontar nuestro lugar en el orden natural. Es un reconocimiento inquietante pero necesario de que el excepcionalismo humano es una ilusión. No estamos por encima del ciclo, sino simplemente un eslabón más de la cadena.

En un mundo cada vez más desconectado del mundo natural, tanto Hamnet como las obras de Shakespeare ofrecen una dura lección: ignoramos esta verdad fundamental bajo nuestro propio riesgo.