La curiosa ausencia de verbos olfativos agradables en inglés

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La memoria humana está poderosamente ligada al olor. Un olor distintivo puede transportar instantáneamente a alguien a un momento, lugar y emoción específicos. El autor recuerda su experiencia infantil en Bache Brothers Cycles, una tienda de bicicletas en West Midlands. El olor combinado de caucho, aceite y plástico evocó instantáneamente la alegría de recibir una bicicleta nueva a los diez años, junto con el comentario directo del comerciante sobre su peso.

Esta experiencia me llevó a una comprensión más amplia: el inglés carece de un verbo dedicado para describir olores agradables. Fácilmente tenemos palabras para expresar malos olores (“apesta”, “apesta”, “pongs”), pero nada para transmitir un olor agradable. El verbo “oler” se siente, en el mejor de los casos, neutral, inclinándose hacia lo desagradable.

Otros idiomas abordan esta brecha. El galés tiene clywed, un verbo que significa sentir o sentir, y que abarca todos los sentidos excepto la vista. En croata se usa mirišiti para olores agradables y smrditi para olores desagradables. La expresión ni miriši ni smrdi (“no huele ni apesta”) describe acertadamente a alguien o algo corriente.

El vínculo entre olor y emoción está científicamente validado. Los investigadores han descubierto que aromas como la vainilla y la lavanda evocan de manera confiable fuertes respuestas emocionales, incluso en los presos. Estos aromas aprovechan recuerdos poderosos: los baños de las abuelas, las vacaciones de la infancia, lugares específicos. Las personas pueden incluso recordar olores vívidamente a pesar de la anosmia física, lo que sugiere que la memoria olfativa trasciende el acto biológico de oler.

El autor tiene la intención de volver a visitar Bache Brothers Cycles para verificar si el aroma sigue siendo tan potente como su memoria. El poder del olfato es innegable, pero nuestro lenguaje extrañamente carece de los matices necesarios para captar plenamente su lado placentero.

En última instancia, esta brecha lingüística pone de relieve cómo las lenguas evolucionan en función de prioridades culturales. Si bien el inglés describe eficazmente los malos olores, la ausencia de un término dedicado a los buenos refleja una posible subestimación del deleite olfativo.