Todo empezó con un tiroteo. En junio de 1962, Marilyn Monroe fue despedida del set de Something’s Got to Give. El estudio no se anduvo con rodeos. Con demasiada frecuencia estaba ausente. Su agenda era un desastre. El trabajo se detuvo.
Recuperó su trabajo poco después. Ese fue el titular. La historia del regreso. Pero la cámara nunca volvió a grabar.
Monroe se retiró a su casa de Los Ángeles. Se convirtió en una virtual reclusa. Amigos preocupados. Los estudios observaron. No pasó nada.
Luego llegó el 5 de agosto. La encontraron muerta.
¿Causa? Una sobredosis de pastillas para dormir. El fallo fue simple y devastador. Probable suicidio.
La película que supuestamente salvaría su carrera murió con ella. Se suponía que Something’s Got to Give sería su regreso a la forma. 20th Century Fox tenía grandes esperanzas. La querían de vuelta. Realmente lo hicieron.
Pero los vacíos en su hoja de llamadas contaban una historia diferente. El ausentismo fue la razón oficial dada. No fue sólo que faltara un día. Era un patrón.
Volver a contratarla parecía una apuesta. Uno que nunca dio sus frutos. El estudio esperó. Ella se quedó en casa.
El final fue repentino para el público. El lento derrumbe fue visible para quienes supieron mirar.
Ahora es sólo una nota a pie de página en la historia del cine. Una película que nunca vio la luz. Una estrella que se desvaneció en la cima.
¿Qué sucederá cuando la maquinaria de Hollywood destruya a su mayor ícono? Los engranajes siguieron girando. Ella no lo hizo.